El Strigoi
La luna, un pálido disco de plata, bañaba con su luz opaca el pequeño poblado de Korog. Las casas de madera, agrupadas en torno a la iglesia, dormían bajo un manto de silencio. Sin embargo, esta noche, una oscuridad más profunda se cernía sobre la aldea, una sombra que se deslizaba sigilosa entre las casas.
Era Petar, un joven que había muerto de forma trágica meses atrás, apuñalado en una riña. Su cuerpo, enterrado en el cementerio al pie de la colina, había sido perturbado por una fuerza oscura. La leyenda local hablaba de un antiguo ritual pagano, un conjuro capaz de resucitar a los muertos y transformarlos en criaturas sedientas de sangre. Alguien, en un acto de venganza o simple crueldad, había invocado esa oscura magia sobre Petar.
Ahora, con los ojos inyectados en sangre y una sed insaciable, deambulaba por las calles de Korog. Cada noche, bajo el amparo de la oscuridad, se deslizaba de tumba en tumba, buscando nuevas víctimas. Sus movimientos eran rápidos y silenciosos como los de una sombra. Sus dientes, afilados como cuchillas, desgarraban la carne de sus presas con facilidad.
La primera víctima fue Ana, una joven campesina que regresaba de la fuente. Su cuerpo fue encontrado al amanecer, exánime, con dos profundos agujeros en el cuello. Los aldeanos, aterrorizados, creyeron que se trataba de un lobo o algún animal salvaje, pero las marcas en el cuerpo de Ana eran demasiado precisas para ser obra de una bestia.
Las noches siguientes, el terror se apoderó de Korog. Una a una, las personas desaparecían sin dejar rastro. Los cuerpos aparecían más tarde, vacíos y con las mismas marcas en el cuello. El miedo se adueñaba de los corazones de los habitantes, que se encerraban en sus casas con los cerrojos echados.
Nadie sabía quién era el responsable de estas atrocidades. Algunos hablaban de un demonio, otros de un espíritu maligno. Pero los más ancianos del pueblo recordaban las antiguas leyendas sobre los strigoi, los muertos que regresaban a la vida para alimentarse de la sangre de los vivos.
Petar, el joven campesino, había pasado de ser un miembro querido de la comunidad a convertirse en una pesadilla viviente. Su alma, corrompida por la oscura magia, vagaba sin descanso por las noches, sembrando el terror y la muerte. Y así, noche tras noche, la sombra de Petar se cernía sobre Korog, alimentando el miedo y la desesperación de sus habitantes.

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