sábado, 3 de agosto de 2024

Capítulo 2: La Llamada del Viejo

El miedo se había adueñado de Korog. Las noches eran ahora un tormento, cada sombra proyectada en la pared se convertía en una amenaza. Los niños lloraban aterrorizados y los adultos pasaban las noches en vela, vigilando las ventanas y las puertas. La iglesia, otrora un lugar de consuelo, se había convertido en un refugio para los más desesperados, que buscaban en la fe una protección contra el mal que los acechaba.

El viejo Marko, el curandero del pueblo, era el único que parecía conservar la calma. Conocedor de las antiguas leyendas, sabía que estaban frente a un strigoi. Su rostro, marcado por las arrugas y la sabiduría, reflejaba una profunda tristeza.

"Este mal es antiguo", murmuró Marko, mirando fijamente el fuego crepitante en la chimenea. "Solo una antigua tradición puede vencerlo".

Los aldeanos, desesperados, se aferraron a sus palabras. Marko les habló de un antiguo ritual, un conjuro capaz de destruir a un strigoi. Para llevarlo a cabo, necesitarían encontrar el corazón de Petar y atravesarlo con una estaca de madera de roble blanco.

"Pero ¿cómo encontraremos su cuerpo?" preguntó una mujer, su voz temblorosa.

"La luna llena revelará su secreto", respondió Marko. "Es entonces cuando los strigoi se sienten más fuertes y cuando su verdadera forma se revela".

La noche de luna llena, los aldeanos, armados con estacas de roble blanco, se dirigieron al cementerio. El ambiente era opresivo, la luna iluminaba las tumbas con una luz fantasmal. Con el corazón encogido, se acercaron a la tumba de Petar.

Marko, con voz firme, comenzó a recitar el antiguo conjuro. El viento aulló y las sombras se contorsionaron. De repente, la tierra comenzó a temblar y el ataúd de Petar se abrió de golpe. Petar, con los ojos inyectados en sangre y los dientes afilados, emergió de la tumba.

Los aldeanos, aterrorizados, atacaron al strigoi. Las estacas se clavaron en su cuerpo, pero Petar no se detuvo. Con una fuerza sobrehumana, derribó a varios de ellos. Marko, sin inmutarse, se acercó al strigoi y, con un golpe certero, clavó la estaca en su corazón.

Petar lanzó un grito desgarrador y se desplomó al suelo, inerte. Un silencio sepulcral envolvió el cementerio. Los aldeanos, exhaustos y aliviados, se miraron unos a otros. Habían vencido al mal.

Al amanecer, los cuerpos de las víctimas fueron enterrados nuevamente. Korog, aunque marcada por la tragedia, comenzó a reconstruirse. La pesadilla había terminado, pero la sombra de Petar seguiría siendo recordada como un oscuro capítulo en la historia de la aldea.

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